Lloró.
Lloró por lo que fue, y que ya no será. Lloró porque se había dado cuenta de lo ignorante que había sido entonces. Lloró porque sus ojos, de un brillante negro que asustaban y enamoraban a la vez, aún la miraban. Lloró porque aún esos ojos la estremecían. Lloró porque no sabía cómo ni cuándo volvería a verle. Lloró porque no podía mantener fija su mirada en él, sin antes sonreír. Lloró porque jamás conocería su historia al completo y eso le dolía. Lloró porque en algún momento, quería formar parte de su vida, fuera como fuera. Lloró por el tiempo perdido, y por el tiempo que no van a perder juntos. Lloró por los regalos que no se dieron, y las estrellas a las que no pidieron deseos juntos. Lloró por las tardes frías de invierno no vividas, lloró por las noches acurrucados en el sofá oyendo llover que jamás vivieron. Lloró porque deseó volver atrás en el tiempo y besarle, tal cual, y que el tiempo no hubiera pasado desde entonces, y que no tuviera que soñar con él por la noche. Lloró porque lo único que le había apetecido de verdad en mucho tiempo era darle un abrazo. No importaba nada, no importaba quién mirara, quién oyera, quién supiera qué sentía, era lo que quería, quería quererle. Por eso lloró.
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